Radares, cinemómetros, cámaras, controles policiales, alcoholímetros, multas y retenciones. El Estado incorpora tecnología, despliega agentes y establece sanciones para ordenar el tránsito. Pero detrás de todo ese sistema existe una pregunta mucho más sencilla: ¿cuánto de todo esto sería necesario si cada uno cumpliera las normas aun cuando nadie lo estuviera controlando?
Ese también es el debate que propone el Día de la Educación Vial.
Porque respetar una velocidad máxima, colocarse el cinturón, utilizar casco, detenerse ante un semáforo, no mirar el celular mientras se conduce o no manejar después de consumir alcohol no deberían ser comportamientos que aparezcan solamente cuando vemos un patrullero, una cámara o un radar.
Son normas, pero fundamentalmente son conductas sociales.
Para la Policía de Misiones, controlar forma parte de su responsabilidad y los dispositivos deben continuar. Hay conductores responsables, pero también existen infracciones que obligan a mantener controles permanentes en calles y rutas. La tecnología permite detectar excesos de velocidad, las cámaras aportan al monitoreo, los alcoholímetros permiten retirar de circulación a quienes representan un riesgo y la presencia policial interviene antes de que una conducta imprudente pueda terminar en un siniestro.
Pero ninguna tecnología puede reemplazar la decisión humana de conducir responsablemente.
Por eso la política de seguridad vial no puede construirse únicamente con controles y sanciones. Necesita educación. Y esa educación debe comenzar mucho antes de obtener una licencia.
Empieza con un chico que aprende por qué debe cruzar correctamente una calle. Continúa con el adolescente que comprende la importancia del casco y llega al futuro conductor que entiende que recibir una licencia implica asumir una responsabilidad frente a los demás.
También empieza con nosotros, los adultos. Porque resulta difícil enseñar respeto por las normas si un chico observa que quien conduce utiliza el teléfono, no se coloca el cinturón o acelera apenas deja atrás un control.
La Policía va a seguir controlando. Habrá radares, cámaras, operativos y tecnología porque mientras existan conductas de riesgo, el Estado tiene la obligación de intervenir para proteger la vida.
Pero el verdadero cambio ocurre cuando hacemos lo correcto aunque no haya un policía mirando.
Esa es la educación vial que debemos construir desde temprana edad: no conductores que necesiten un grupo de WhatsApp para avisarse entre sí dónde están los controles, sino ciudadanos que entiendan por qué existen las normas y las respeten aunque no haya nadie controlando.
Porque una sociedad vialmente educada no es aquella que aprendió a esquivar un control o evitar una multa. Es aquella que entendió que respetar una norma también puede significar evitar una muerte.
